Aves migratorias

Aves migratorias

De nosotros los migrantes, he escuchado más frases espantosas en los últimos meses que en los trece años que llevo viviendo en México, he compartido con mis compatriotas la mayor cantidad de ataques verbales de odio. Como para reforzar la tesis del filósofo Slavoj Žižek, quien explica que la xenofobia descansa en el fantasma del robo del goce, es decir, la creencia de que “el otro” viene a quitarnos algo que nos pertenece. El trabajo, las mujeres. Por ejemplo. 

Regresé a El Salvador, procedente de México, el viernes 28 de junio de 2019 para una estancia de un mes para impartir un taller de escritura creativa y visitar a mi familia. Llegué en un vuelo comercial de clase turista en el que, sin saberlo, también volvía Tania Vanessa Ávalos, de 25 años, viuda  de Óscar Alberto Martínez Ramírez y madre de Valeria, de un año y once meses; quienes murieron ahogados en el río Bravo. La imagen de sus dos cuerpos flotando juntos boca abajo, y la bebé envuelta en la camiseta del padre, nos atormentó varios días. 
En el aeropuerto Monseñor Óscar Arnulfo Romero; al contemplar que los medios de comunicación rodeaban a una hermosa mujer joven de piel lívida; sospeché de quien se trataba, pero seguí de largo, si era ella, no quería ser una más de los sujetos curiosos que la rodeaban como abejas a la miel. Al llegar a la casa de mis padres, mi vocación periodística hizo que averiguara si en efecto se trataba de ella. Sí, la joven viuda  había llegado en el mismo vuelo que yo. 
Hace poco leí en twitter que reconocer los privilegios implica trabajar para desmantelar los mecanismos que permitieron que nosotros tuviéramos mejores oportunidades que las personas con menos alternativas. No pude evitar pensar que Tania y yo somos migrantes salvadoreñas en diferentes condiciones. Yo migré para estudiar un posgrado en México, luego me quedé trabajando con documentos, procreé a mi hijo en ese país y, aunque de niña pasé escasez, como la mayoría de salvadoreños durante la guerra civil, no puedo negar los privilegios que la clase media me otorgó en mi país de nacimiento. Pero no es el caso de Tania. Tania perdió a las dos personas que más amaba en el mundo, al huir de un país donde sintió que ya no podía desarrollarse más. 
La fotografía de Óscar y Valeria, así como la cobertura mediática mundial de las caravanas migrantes, solo han hecho pública una crisis humanitaria que tiene, al menos, mi edad. Treinta y nueve años y miles de muertos y desaparecidos. Muchos salvadoreños que aún radican en Estados Unidos empezaron a migrar a partir de mediados de los años sesenta, cuando el camino no era tan inhóspito y ciertos grupos del narcotráfico no habían hecho de secuestrar migrantes centroamericanos un negocio perverso. 
De nosotros los migrantes, he escuchado más frases espantosas en los últimos meses que en los trece años que llevo viviendo en México, he compartido con mis compatriotas la mayor cantidad de ataques verbales de odio. Como para reforzar la tesis del filósofo Slavoj Žižek, quien explica que la xenofobia descansa en el fantasma del robo del goce, es decir, la creencia de que “el otro” viene a quitarnos algo que nos pertenece. El trabajo, las mujeres. Por ejemplo. 
Siempre digo que los mexicanos han sido generosos conmigo, ahí conocí al padre de mi hijo y procreé a mi único descendiente. He tenido trabajo y he cultivado amigos a los que ahora puedo llamar familia. Pero también una delegada de migración me dijo que ella no me creía que, con semejante cuerpo, yo fuera a estudiar a la UNAM y, así, cumplí con el estereotipo de que, supuestamente, las centroamericanas migramos a México solo como trabajadoras sexuales o del hogar. O la vez que un compañero de la maestría me acusó de “quitarle el espacio a un mexicano”. 
Rubén Blades dice que migrar es intentar alcanzar una existencia sin mayores sobresaltos. 
Para mí, migrar fue que, en un momento determinante de la vida como lo pueden ser los 25 años, por mis intereses educativos, académicos y artísticos, me di cuenta de que tenía que irme de este país. Decisión que me dejó escindida, porque migrar es siempre habitar la herida, como dice la escritora salvadoreña Tania Pleitez Vela. 
Migrar es, como en el caso de las aves, darte cuenta de que, en donde naciste o pasaste el verano, no hay suficiente comida, material o simbólica. La violencia expulsa pero también existe el libre albedrío de los sujetos que intentamos mejorar nuestra existencia y brindarle un futuro más próspero a nuestros hijos. Por ello, nunca olvidaré los segundos en que pude ver a Tania, su rostro lívido donde habitaban la muerte de su esposo e hija. 
Sonia, de 51 años, que vive en la colonia Montreal de San Salvador, cuyo marido no puede conseguir trabajo, tiene una hija con capacidades diferentes, nietos que dependen económicamente de ella, entre los cuales hay uno de cuatro años y quien, además, cuida a una madre enferma estuvo a punto de ponerse a caminar en la primera caravana migrante con su nieto chico pero se detuvo, como una vendedora de cocos que expresó recientemente que para ir a comer sopa instantánea los tres tiempos a Estados Unidos mejor se quedaba trabajando en su país. 
Independientemente elijamos quedarnos o irnos, deberíamos poder escoger. El sacerdote mexicano Alejandro Solalinde se ha preguntado de qué huyen los centroamericanos que son capaces de arriesgar de esta forma la vida. Ir y volver al territorio en el que naciste debería dejar de ser un privilegio. Deberíamos poder ir y venir como las aves migratorias. Eso deseo para todos los migrantes.

 

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